[Publica el equipo de Isra] - Una sacudida que Isra ha escrito después de 4 años OFF: Hoy, en estos momentos, en estas fechas, el robo emocional lo envuelve todo … A través de campañas manipuladoras diseñadas por IA, reencuentros editados en vertical, perdones con música épica, solidaridad patrocinada, consumismo consciente con descuento, regalos que compran calma, mensajes automáticos que se envían solos, newsletters “humanas” escritas por nadie, propósitos que se guardan y nunca se llevan a cabo.
A través de publicaciones donde todo parece real, pero nada lo es del todo. De TikToks que imitan intimidad. De Reels que invitan a querer ser. De felicitaciones programadas. De audios reenviados. De copias que van de auténticos. De mensajes escritos por máquinas que dicen exactamente lo que esperas leer.
El robo emocional se ha convertido en espectáculo en Instagram, la empatía se monetiza a través de historias grandilocuentes contadas por uno mismo, donde el dolor se edita y se embellece como arma de ventas, donde la alegría se exagera y donde la vida —tal y como es— no tiene cabida.
Un flujo constante de parejas perfectas, familias conscientes, cuerpos sanados, espiritualidad rentable, desayunos lentos, sonrisas entrenadas y mensajes que dicen: “si no estás así, algo estás haciendo mal”.
A través del terrorismo emocional que te empuja a compararte, a dudar, a sentir que siempre llegas tarde a una vida que otros parecen vivir mejor que tú. Donde el único camino es comprar sea la «solución» particular de cada uno. ¿En serio?
A través de todo esto, el mensaje sincero desaparece, disuelto entre el ruido de “felices fiestas”, “gracias por este año”, “te deseo lo mejor”.
La “tragedia”, el “drama” o el “show” no es que todo eso sea falso, sino que no es completo.
Y aun así, lo consumimos como si lo fuera.
La intención aquí no es amargarte la Navidad. Es sacarte de la hipnosis colectiva, para que puedas disfrutarla solo o acompañado, con más o con menos, con risas y con llantos, con abundancia o con escasez.
Una Navidad donde todo cabe.
Vivimos en un robo emocional constante que nos tranquiliza sin transformarnos. Nos seda y nos deja flotando en el limbo de creer que esto tiene significado.
Si escarbas un poco, verás lo que realmente ocurre en estas fiestas —que no necesariamente felices—: una necesidad profunda de contacto real que intentamos satisfacer con sustitutos digitales; una gran necesidad de ser vistos que escondemos detrás de comidas y cenas familiares; un anhelo de recibir cariño que embalamos en regalos para otros; la promesa de ser salvados salvando a otros; el alto coste de nuestra mentira interior intentando sufragar el todavía más alto coste de ir a ser quien no podemos ser.
Puedes estar contento. Puedes estar entretenido. Puedes incluso sentir placer. Pero la plenitud no es gozo individual, aunque lo parezca.
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(Imagen: Matt Collamer en Unsplash)